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Un difícil inicio de la lactancia materna

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La belleza de la lactancia materna

Siempre quise dar el pecho a mi hijo. Durante mi embarazo una de las cosas que me resultaba más tierna y hacía mayor ilusión era vivir el momento de la lactancia. Veía esos vídeos tan emotivos de recién nacidos reptando hasta alcanzar a ciegas el pezón de su madre que estaba deseando experimentar aquel momento.

Cuando di a luz y colocaron sobre mi abdomen su cuerpo tan pequeñito (apenas pesaba 2,810kg y 47,5cm) y frágil, miré mis pechos inflamados y gigantescos en comparación y pensé que iba a ser imposible que esa boquita diminuta pudiera abarcarlos. No se si porque había visto demasiados inicios de lactancia perfectos el nuestro me pareció torpe e insuficiente. Recuerdo que llegó al pezón mientras con una mano le sujetaba y con otra intentaba mantener firme el seno. Comenzó a dar cabezazos, a abrir la boca, con sus ojos medio ciegos abiertos desde el primer momento. Me pareció que el esfuerzo físico para él era tremendo, le ayudé un poquito sujetándole del culete. Rompió a llorar con una fuerza que parecía imposible teniendo en cuenta sus dimensiones. Observé que mis pezones permanecían demasiado planos y me puse nerviosa. Aquello no era tan sencillo como había previsto. Mi bebé no se había prendido al pecho plácidamente sino que parecía pelear contra él llorando y quejándose. Fue ahí, en el paritorio, cuando intuí que íbamos a tener algunos problemas.

La matrona que me asistió en el parto me dio algún consejo pero no pudo detenerse mucho ya que debían subirme a planta. El pequeño se quedó dormido sobre mi cuerpo tras las casi dos horas de intimidad, y esfuerzo, que pasamos en el paritorio. Lo cierto es que yo aún no era muy consciente de la situación. Me sentía llena de energía, apenas con molestias gracias al buen parto que había tenido y por un momento el temor inicial se disipó.

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La importancia de un buen agarre

Cuando llegamos a la habitación una auxiliar fue con mi marido a pesar y tallar de nuevo al niño (una breve separación que me pareció absurda puesto que podían haberlo hecho en el mismo lugar) y fue cuando una enfermera vino a examinarme. Sin previo aviso me apretó los pezones para comprobar si tenía calostro. Fue doloroso y agresivo, el calostro salió pero me sentí realmente incómoda. Mi matrona de preparación al parto siempre había dicho que los pezones no debían tocarse nunca y aquella enfermera me los presionó bruscamente. Fue la primera vez que escuché que tenía pezones cortos y que eso dificultaría las cosas.

El cuerpo de Bebé Lanuguito era tan pequeñito que su cabeza se perdía en mi brazo yéndose hacia los lados. Durante el embarazo me aumentó mucho el volumen de los senos y tras el parto estaban llenos. Me resultaba muy difícil controlar el vaivén de la cabeza del bebé y acercarla al pezón. El pobrecito succionaba un par de veces, lloraba y volvía a intentarlo. Demasiado rápidamente comencé a sentir dolor, como una quemazón, cada vez que chupaba. Las locas hormonas no ayudaban en absoluto. Me sentía torpe, abrumada y muy cansada. Porque un buen parto vaginal sin analgesia da un engañoso chute de energía en los primeros momentos pero esa euforia se pasa y el agotamiento llega. Llevaba prácticamente 48 horas sin dormir.

Una de las carencias que hay en la Sanidad de este país es la falta de asesoramiento adecuado relativo a la lactancia. En mi humilde opinión, en cada hospital debería haber al menos una asesora de lactancia que se dedicara en exclusiva a guiar a las recientes madres. En cada turno me visitaba una enfermera y una auxiliar diferentes, cada una con un criterio. Todas me animaban a dar el pecho pero en los tres días que pasé ingresada me aconsejaron tres o cuatro posiciones diferentes, algunas que diera veinte minutos en cada pecho, otras diez minutos y otras que sin reloj. Yo había tenido bastante claro que el pecho se daba a demanda pero tras el bombardeo de información ya no sabía nada, sólo que mi bebé lloraba pidiendo mamar cada diez minutos y que mis pezones ardían.

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Grietas y mastitis. Dolor en la lactancia.

Nunca olvidaré cuando la segunda noche, serían sobre las doce, estando ya con las luces apagadas, Bebé Lanuguito comenzó a llorar escandalosamente y yo luchaba por ayudarle a llegar al pezón. De pronto, se encendieron las luces de la habitación y entraron en marabunta una enfermera que no conocía y su auxiliar. Mi bebé, por el ruido y la luz, comenzó a llorar con más fuerza si cabe y yo, ahí medio desnuda en la cama, me sentí muy indefensa. La enfermera empezó a regañarme, a decirme que estaba haciéndolo mal, que no dejaba que mi hijo cogiera bien el pecho, que lo colocara así, que le pusiera con la cabeza para allá, lo sostenía demasiado firmemente, y mi hijo lloraba congestionado. Cuando se fueron rompí a llorar, me sentí impotente e inútil (se me saltan las lágrimas mientras lo escribo). Mi marido no sabía cómo ayudarme, intentaba sostener al niño para que yo pudiera sujetar el pecho con ambas manos. Fue un momento muy duro y estresante. Pensaba que iba a ser incapaz de alimentarle correctamente, que al día siguiente, cuando le volvieran a pesar, nos dirían que había perdido demasiado peso y tendríamos que darle fórmula. Pensé por primera vez que era una mala madre.

Afortunadamente en la revisión la pediatra nos dijo que el niño había perdido 150g, apenas un 5% del peso inicial, y fue la primera persona que me dijo que lo estaba haciendo muy bien. Aquello me proporcionó algo de fuerza para salir del hospital pensando que quizás las cosas mejorarían en adelante. Pero también me fui de allí con unas bonitas grietas incipientes.

En casa las cosas siguieron siendo muy difíciles. Era sábado cuando nos dieron el alta así que pasé el fin de semana rogando para que el lunes me pudiera atender la matrona. Las tomas que, por supuesto, eran constantes y se unían unas con otras eran dramáticas y eternas. Lloraba de impotencia y dolor. Sentía que me clavaban agujas en los pezones, que estaban en carne viva. Se formaron pequeñas costras en la piel, sabía que de seguir así las grietas se harían más profundas y podrían llegar a abrirse y sangrar. De madrugada le dije a mi marido que fuera a una farmacia de guardia y comprara un bote de leche de fórmula, que no podía más y que nuestro bebé estaba pasando hambre porque no dejaba de llorar (él mantuvo la calma y me animó a continuar, al menos hasta hablar con la matrona). Ahora, con la perspectiva y la experiencia, se que al llorar sólo estaba haciendo lo normal que es demandar  y demandar para llenar su diminuto estómago. Además, al hacer tantísimo calor (pleno mes de agosto y ola de calor) necesitaba hidratarse con mucha frecuencia. Si no hubiera salido tan confundida del hospital, si me hubieran ayudado con el agarre, habría evitado el dolor de las grietas y aún siendo la lactancia a demanda tremendamente exigente lo habría llevado con mucha más tranquilidad. Mi estrés y ansiedad llegaban a nuestro bebé lo que también le alteraba, haciendo que esos días fueran de una carga emocional casi insoportable.

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Un buen asesoramiento es muy importante para una lactancia materna exitosa

El momento de inflexión comenzó el martes tras hablar con mi matrona. El niño había recuperado el peso perdido en el hospital. Volvió a decirme que lo estaba haciendo muy bien. Me indicó cómo cuidar las grietas aplicando leche materna y aceite de oliva. Dedicó una hora para enseñarme una buena postura. Tuvo la dedicación, paciencia y comprensión que no había mostrado nadie esos días atrás, incluida yo misma. Repitió varias veces que mis pezones no tenían ningún problema, que aunque efectivamente eran algo cortitos no eran ni mucho menos planos y que si una mujer con pezones invertidos podía dar el pecho yo no tendría ningún problema.

Los siguientes días siguieron siendo duros y agotadores. La lactancia era altamente exigente, pasaba el día con la teti fuera, apenas me daba tiempo a ir al baño o comer. Para estar más relajada me metía en la habitación con mi hijo, sentada rodeada de almohadas y cojines para apoyarme. Como los senos seguían siendo demasiado grandes y pesados ideé un sistema casero para elevarlos metiendo por debajo una toalla enrollada. Ahora me río al imaginarme con cara de acelga, ojeras hasta el suelo, el pecho medio fuera y el niño colgando pero realmente fue muy difícil y extenuante.

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Lactancia materna feliz

Cuando las cosas iban mejor y yo sentía que la lactancia comenzaba a fluir sufrí una mastitis infecciosa que me dejó para el arrastre pero después de verter unos cuantos litros de lágrimas más seguimos adelante.

Ahora, con casi seis meses de lactancia materna exclusiva a mis espaldas, puedo decir que me siento muy orgullosa de haberla sacado adelante. El dolor, la angustia y el agotamiento quedan compensados cuando veo a mi pequeño sano y lustroso. Desde hace varios meses he disfrutado enormemente de darle el pecho, algo que hago con orgullo en cualquier lugar, y es un vínculo precioso que nunca olvidaré. Nos quedan muchos meses por delante, hasta que él quiera, y estoy convencida, ahora sí, de estar haciéndolo bien.

 

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8 comentarios sobre “Un difícil inicio de la lactancia materna

  1. Pingback: Un año juntos
  2. Me alegra que no te dieras por vencida. La verdad es que nos venden una imagen de la lactancia materna totalmente errónea, es súper difícil, y no son días ni semanas, es un mes o más. De no poder casi ni ir al baño, de ducharme con estrés… A mí me la cogió muy rápido, pero aún así pasé mucho dolor durante al menos un mes. Daba gritos de Tarzán cada vez que me la cogía!

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    1. Parece que tras el parto, del que sí tenemos miles de informaciones y datos, todo es un flotar en una nube de amor y, aunque estaría muy bien que así fuera, en un gran porcentaje de casos, es todo lo contrario. Ahora me siento feliz de haber superado las dificultades iniciales pero en su momento lo mal que se pasa.

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  3. Me he emocionado mucho el post. Eres toda una luchadora y me alegro muchísimo estar ante una historia de lactancia con final feliz. 😊😊
    Me siento muy identificada con toda tu experiencia, desde las dificultades al mal trato (porque no se puede llamar de otra forma, aunque sea causado por la falta de información) del personal sanitario que te atendió. Es una lástima que a día de hoy todavía haya ese desconocimiento tan grande en torno a dar el pecho. A mí también me entraban de noche en la habitación insistiendo en que había que darle biberón y también me sentí desgraciadamente una mala madre.
    ¿Cuántas mujeres perfectamente capaces y con ilusión de amamantar habrán desistido por falta de apoyo? Es una pena.
    En un momento tan susceptible, importante y único en la vida debería haber una sensibilización a la hora del trato personal. Menos mal que en contrapartida hay profesionales cercanos, informados y excepcionales.
    Un abrazo guapísima 😘😘

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    1. Muchísimas gracias por tus palabras. Lo que yo observé durante mi estancia en el hospital fue una falta de empatía generalizada, como si el trabajo fuera mecanizado, sin tener en cuenta que se está tratando con personas que viven un momento muy delicado y sensible. Unas palabras cariñosas, una mano amable y comprensiva harían tanto bien.. Como dices cuántas historias hay de lactancias fracasadas por no saber cómo enfocar esos problemas iniciales, por falsos mitos, porque siempre es más fácil decir a una madre con grietas o mastitis que prepare un biberón de fórmula a dedicarle tiempo y atención. Un abrazo!

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